sábado, 25 de febrero de 2017

INFANCIA


INFANCIA

Hawthorne, Los Angeles, California - 1930


Una muñeca duerme

sobre un pájaro verde

como la niebla de todas las muertes.


Sosteniendo al  pájaro

el nido

es lo último que existe

(ella toca el nido con sus eclipses prematuros,

el nido es su talismán,

su fetiche disolutor de soledades).


Un lugar de desconcierto

la infancia.

Un espacio muy puro

profanado

por un zapato de cristal roto

y una bestia sin bosque

que muerde los bordes del silencio.



Fotografías: Norma Jean en Santa Monica Beach (1929), Getty Images


Del poemario "Good bye,  Norma Jean" (2016)

1º premio Poesía "9º Concurso de cuento y poesía "Adolfo Bioy Casares" Edición 2015, Las Flores, Bs. As. (2015)


jueves, 23 de febrero de 2017

NATURALEZA MUERTA


NATURALEZA MUERTA

Los Angeles County Hospital, Los Angeles, California – 1926


Una madre de caderas ingenuas
y cabeza cuadrada
como un terroncito de azúcar
acuna el desamparo.

Arroró sola de todas las soledades,
sola para siempre,
sola para nacer y para morir,
para desnudarte en los sueños de los otros.
Arroró perla que rodará para todos,
para nadie,
teléfono descompuesto por  toda la eternidad,
Cristo llame ya,
amor llame ya,
nada.

Arroró repite una madre
que ya sabe que no puede.
Una madre naturaleza muerta
para heredar la muerte
y ser tan manzana atónita,
tan deseo mordido
en la boca de los otros.


Fotografía:  Gladys Mortensen con su hija Norma Jean (1926), Getty Images

Del poemario "Good bye,  Norma Jean" (2016)

1º premio Poesía "9º Concurso de cuento y poesía "Adolfo Bioy Casares" Edición 2015, Las Flores, Bs. As. (2015)

lunes, 20 de febrero de 2017

GUERRA FRÍA


GUERRA FRÍA

“No quiero mirar en la misma dirección que mi marido por toda la eternidad.”
 Tiburcia Domínguez



Él entra a una habitación y yo salgo.

Él enciende el televisor y yo

escucho rock a todo volumen.

Y canto.

Ninguna tortura es comparable

a una buena canción destrozada

por una aficionada sin talento.



Él piensa que los malvones

son sosos

y se van en vicio

demasiado pronto.

Yo llené el jardín de malvones.

Y, además,

adopté un perro para que lo destruya.



Él se aburre con las películas románticas

y yo no pienso ver Games of Thrones ni en sueños.

Detesto  los mundos imaginarios donde todo parece

demasiado sucio.

Paras sucia está la vereda.

Cascaras de naranja y papeles de golosinas

Gracias señor verdulero.

Gracias señora del kiosco.



Él no almuerza.

Yo no ceno.

Nada de encontrarnos

a mitad de un cuchillo Tramontina.

No nos dirigimos la palabra.

No nos miramos a los ojos.

Compartimos la cama

porque el sillón del living

es demasiado incómodo.

Pero entre espalda y espalda

yo construyo un foso.

Él no me toca

por temor a mis cocodrilos imaginarios.

Yo soy tan gélida como un castillo.

Limpio.



Él quisiera estrangularme

y yo

envenenarle la comida

(si cocinara).

Pero esto es la Guerra Fría.

Nos vamos a odiar durante años

sin animarnos a revolear una silla.

Sin putearnos.

Sin preguntar qué paso con nosotros

que nos queríamos tanto.



Él va a pensar que es mejor que yo

porque es un buen proveedor

y no pierde el tiempo salvando

a las arañitas que tejen sus historias

en los rincones de la cocina.

Yo voy a pensar que soy mejor que él

porque aprendí primero las vocales,

leí a Rimbaud a los quince

y escribo poemas.


Fotografías: Mausoleo de Salvador María del Carril y Tiburcia Dominguez, Cementerio de la Recoleta, Bs. As.

“No los unía el amor, sino el desprecio. El mausoleo de Tiburcia Domínguez y su marido, Salvador María del Carril, uno de los promotores del fusilamiento de Dorrego, gobernador de San Juan y compañero de fórmula del General Urquiza, es una evocación para la posteridad de sus desavenencias conyugales. El suyo fue un matrimonio silencioso: no se dirigieron la palabra durante 30 años. No era indiferencia, sino odio, de ese tan pertinaz que, incluso, trasciende la muerte. Y para que ninguno de los dos lo olvidara, la viuda dejó constancia testamentaria de su voluntad: sus esculturas debían darse mutuamente la espalda. Ella, con gesto adusto, incómoda en un busto. El, confortable en un sillón, dirigiendo la mirada en sentido opuesto. Perpetuaron así su odio conyugal pos-morten.

Loreley Gaffoglio

"NO QUIERO MIRAR EN LA MISMA DIRECCIÓN QUE MI MARIDO POR TODA LA ETERNIDAD"




viernes, 17 de febrero de 2017

GALLITO CIEGO



GALLITO CIEGO


Salí a buscarte sin ver,

sin verte.

Tocándote

en el entrecejo del viento.

Mordiéndote en el vacío.

Haciendo el amor con la tormenta.

Cabalgando sobre un verso de sangre.

La dulce bulimia de las horas

vomitaba tu nombre

sobre la venda que me cubría los ojos

y yo me deshacía en la soledad de los huesos,

apenas mojada por un déjà vu de tu saliva

(era de azúcar, de papel, de talco,

de rosas escondidas

en los cajones impenitentes del celo).



 Salí a buscarte sin ver,

sin verte.

Antes di quinientas vueltas para marearme e imaginar

que todo era un juego

(un hombre faltaba en el aire,

y yo jugaba a jugar,

la soledad es una bomba que se desactiva

tomándonos un poco en broma,

creyéndonos que eso que nos arde entre las piernas

es una basurita irreverente metida en el ojo de las ganas

y no una ausencia enorme,

una ausencia con garras y dientes

que nos parte el cuerpo en dos,

el hambre en dos,

la vida en nada).




Arte:  "Blindfolded Innocence", Frank De Mulder 



jueves, 16 de febrero de 2017

PRÓLOGO DE "VERANO" DE MARCELO SARACENO


VERANO

Prólogo


Un pájaro vive en mí.”, dice Juan Gelman.
Y quizás no exista mejor definición que pájaro para la poesía que Marcelo Saraceno nos ofrece en este “Verano”, un libro diáfano donde las alas son la columna vertebral de cada poema, aún de aquellos donde el vuelo aparece sólo de modo tácito. Alas que circundan la integridad del verano, bordean los naufragios cotidianos, se animan al otoño, se apagan en el dolor, renacen en la tibieza del amor pleno, juegan con unos ojos azules, un vaso de whisky, una noche de jazz. Alas que son la voz del autor y, asimismo, la voz de cada uno de los poemas que integran este trabajo.
Una cualidad que se destaca de los poemas de Marcelo es, sin duda, la liviandad de alas que permite sobrevolarnos. Sus poemas son aves o, quizás, criaturas celestiales que nos obligan a levantar los ojos para captarlos en su totalidad. No son criaturas pedestres, son piezas delicadas que se recitan en el aire. No nos pesan: nos redimen. Nos llevan a reconocernos, también, como seres destinados al vuelo, a la libertad. 
La poesía de Marcelo Saraceno, breve, concisa, cuidada, no derrocha palabras pero tampoco las escatima. Cada vocablo está puesto exactamente en el lugar donde lo reclama el poema. Hay detrás de “Verano” un celoso trabajo de orfebre, notable en cada uno de los libros del autor. Basta con que el poeta se suelte la boca y se suelte el corazón para que el milagro suceda y la poesía nos ilumine.
Marcelo Saraceno, pájaro migratorio, se ha detenido hoy en un “Verano” que nos invita a compartir con él.
Un “Verano” que nos espera, maduro y reposado, para darnos la posibilidad de descubrir en cada poema un poco de nuestra historia y de aprontar también nuestras alas, sin cadenas, ni jaulas, ni tijeras. Sólo con la voluntad de ser y sentir poesía.


Raquel G. Fernández

martes, 14 de febrero de 2017

POR QUÉ


POR QUÉ

“Madre,
cada vez que le hablo a Dios,
tú te entrometes.”
Anne Sexton, “Rezando en un boing 707” 


Mamá,
me pregunto por qué
nunca  es suficiente.
Por qué siempre faltan  cinco para el peso
Cinco centavos que no valen nada
pero valen todo.
Cinco centavos que son
los que faltan en mis poemas:
que el hambre no, que las zapatillas no,
que la infancia como vos la recordás no,
imaginate lo que va a decir la gente cuando lea
esos versitos que, la verdad,
son horribles,
era mejor el otro libro.
Cinco centavos que faltan en mi vida,
que es una jaula que no se vuelve pájaro,
que es una jaula con barrotes de oro,
tenés todo pero no tenés nada,
tenés pan y tortas y un agujero en el estómago
que te empeñás en tapar con flores,
flores que, la verdad,
son horribles,
¿no había otras mejores?

Mamá,
me pregunto por qué
nunca es suficiente.
Por qué  jamás fui tan buena como mi hermana.
Por qué mostré la hilacha cuando compré un frasco de papilla envasado
para alimentar a mi bebé
(sos tan vaga que no podés pisar una zanahoria),
porqué me equivoqué al traer un perro.
Por qué nunca me da el piné:
lamentable en tu ejercito de pulloveres tejidos a mano,
de pañales lavados a mano,
de manteles bordados a mano.
Lamentable en tu cruzada contra el puré instantáneo
y el arroz amarillito que viene en paquete
(me faltan horas de ollas y sartenes,
de presas de pollo doradas con la hornalla al mínimo,
de levadura, de azafrán,
¿por eso esas cejas levantadas,
esa mueca de desdén,
ese suspiro inagotable?).

Mamá yo no cocino,
yo escribo poemas,
yo meto todo en el lavarropas,
hasta los barrotes de mi jaula,
hasta mis ojos sucios de rutina
(y el jabón en polvo los irrita tanto
que siempre están lagrimeando).
Mamá yo no sé tejer,
no sé coser,
no sé dejar de ser huérfana de padre
para convertirme en hija de una mujer viuda,
no sé odiar a la abuela que a vos te prohibió los bailes de carnaval
y a mí me convidó a escondidas galletitas Havanna de limón.
Mamá yo no sé qué hacer para gustarte.

Mamá,
me pregunto por qué
me descubro diciendo las mismas cosas que vos
(esas que me jodieron tanto),
haciendo las mismas cosas que vos
(esas que me jodieron tanto).
Por qué te imito y me horrorizo,
y te desimito y me horrorizo más
porque me siento en falta
con el rígido mandato de la sangre.
Mamá yo no sé qué hacer para gustarte.
Para que me quieras
como yo te quiero.

Es generacional decimos todas,
nuestras madres son así porque todas las madres de esa generación son así,
y nos abrazamos, hermanas, amigas,
y nos convencemos de ese postulado que validamos  empíricamente,
y nos preguntamos si vimos “Agosto”,
y nos consolamos,
porque es generacional, sí,
pero Meryl Steep era realmente mala,
y nuestras mamás no,
nuestras mamás hicieron lo que pudieron,
hacen lo que pueden.

Todavía están esperando que seamos perfectas.


Meryl Streep & Julia Roberts, fotograma de la película "August: Osage County" (John Wells, 2013)