martes, 25 de julio de 2017

LOS GUANTES DE RITA HAYWORTH


LOS GUANTES DE RITA HAYWORTH

Rita se saca un guante
y Margarita llora desnuda
en el rincón de un cuartucho mexicano.
Tiene doce años y su padre la obliga
a pintarse la cara y bailar,
a beber con su cuerpo niño
cócteles de baba y claveles.
Llora porque la tocan
-su padre la toca, los ojos de los hombres la tocan-
ahí, donde no quiere, donde le duele.
Se desangra en el escenario y ¡olé!
Que siga el taconeo.

Rita se saca un guante
y Margarita mutila su nombre de flor,
se tiñe el pelo de rojo,
se casa por amor y se descasa por lágrimas,
se casa por amor y se descasa por golpes,
la siguen tocando donde no quiere, donde le duele.
La siguen tratando como una nena de doce años
que baila para no caerse muerta.
Como a una puta que se saca un guante.
No hacen falta cinco hombres para hacer infeliz a una mujer:
con uno solo basta,
con papá basta.

Gilda se saca un guante
y ya todos saben que al poderoso Johnny Farrel le engañaron
y que su esposa es una...
Rita dice esa no soy yo,
yo estoy llorando desnuda en un rincón,
mastico claveles, sangro, taconeo,
me pinto la cara, me llamo Margarita.

Margarita se saca un guante
y todas las luces se apagan.
La marea del silencio sube en su cabeza roja.
Algo tendrá que ver la luna con esto,
la luna como una inmensa goma de borrar estrellas,
de borrar soldados excitados, bombas que explotan con su nombre,
melenas de fuego,
y claveles, y vestidos, y lágrimas,
y doce años que le duelen ahí,
ahí donde debería estallar el amor.

La memoria se saca un guante
y…


Arte: “Rita Hayworth – Gilda”, Kurt Ringler


domingo, 23 de julio de 2017

MADRE NUESTRA


 MADRE NUESTRA

Madre Nuestra que no estás en los espejos
cuando te buscamos y sólo encontramos papadas,
ojitos de tamaño natural,
narices comunes y corrientes,
chicas grandes que se masturban
pensando en Big Macs
y helados de chocolate,
santificados sean Tu nombre,
Tu cinturita imposible,
Tus tetas milagrosas que desafían
la ley de la gravedad,
Tus piernas eternas.
Santificado sea Tu noble corazón de plástico
que alberga con alegría
una amiga latina,
una amiga lisiada,
una amiga lesbiana.
Venga a nosotros Tu Reino.
Vengan a nosotros Tu motorhome rosado,
Tus trajecitos Donna Karan,
Tus carteritas Moschino,
Tus bombachitas Victoria's Secret
en las que nuestros culos gordos
no entrarán jamás.
No somos  dignas de Tus bombachas,
Madre querida.
No somos dignas de Tu novio que no suda y no se despeina
para que no sudes y no te despeines.
¿A quién le importa el sexo
cuando existen los espejos,
(mirá que tetas fabulosas tengo),
y una amiga latina que hace la limpieza?
Hágase tu voluntad, Madre,
y que tu voluntad sea
que nos convirtamos en hojitas de afeitar,
en moneditas casi sin valor que quepan en cualquier ranura,
en papelitos transparentes que se lleve el viento.
Y, especialmente, que nos crezcan las tetas
porque los cirujanos cobran una fortuna
y apenas nos alcanza para el yogur diet
y la tintura Issue rubio claro claro claro claro clarísimo.
Danos hoy nuestro pan de cada día
para que lo traguemos con asco,
con culpa,
y lo vomitemos con júbilo
en Tu bendito inodoro rosado.
Perdona nuestras ofensas:
nuestras  arrugas y flacideces,
nuestros párpados caídos,
nuestros pomposos muslos,
nuestro jean talle 44,
nuestra bicicleta fija convertida en perchero.
Nosotras perdonaremos a quienes nos ofenden
cuando salgamos de pilates.
Líbranos del mal, Madre Nuestra.
Y, sobre todo, no nos dejes caer en la tentación
de ser mujeres reales.


Arte: "Saint Barbie", Mark Ryden

viernes, 21 de julio de 2017

LA CABEZA DE JAYNE MANSFIELD



LA CABEZA DE JAYNE MANSFIELD


Las rubias pierden la cabeza fácil.

Las rubias de pechos grandes pierden la cabeza fácil.

Sirven hamburguesas grasientas,

huevos revueltos,

café aguado,

y los ojos de los hombre se caen dentro de sus escotes

como ciruelas maduras

(por eso las rubias tienen pezones de mermelada

y cierto desprecio por los hombres y las ciruelas).



Un buen día

alguien les dice que hay un papelito:

acostarse con un productor de bigote ridículo,

mover el culo veinte segundos

en una película de los Hermanos Marx,

sonreír como si los elegantes zapatos prestados

no les quedaran chicos.

Entonces las rubias se desentienden del café aguado,

cuelgan el delantal,

cambian de lápiz labial,

cambian de marido

y se convierten en estrellas.



Jayne no era rubia

pero tenía los pechos más grande que todas.

Se tiñó el pelo y perdió la cabeza.

Los hombres querían tocarla.

Peregrinaban enfermos de sexo a su Meca rosada

y ella estrenaba camisones de tul,

pantuflas de peluche,

amantes adictos a los esteroides.

Tenía un gran danés que se llamaba Byron

porque antes de perder la cabeza

había leído mucha poesía.

Hablaba cinco idiomas,

cosa que a nadie le importó porque,

ya lo dije,

tenía los pechos más grandes que todas.



En los '60 probó LSD.

Las rubias

(aún las falsas rubias)

pierden la cabeza fácil.

Se ordenó Sacerdotisa de Satanás

pero nunca dejó de ser una Barbie inflada,

con su camisones rosados,

sus pantuflas rosadas,

su casita rosada.

El Sigilo de Baphomet no encajaba

en su palacio kistch.

¿Quién clase de Diablo tendría tratos

con una rubia de pechos grandes

que viaja en un autito rosado?



Un autito rosado.

Crash.

Muy fuerte crash.

Veinte botellas de licor rotas,

un chihuahua muerto,

dos tipos muertos,

una rubia muerta.



Las revistas del corazón dijeron

que un brujo despechado

decapitó una foto en California

y su cabeza rodó en Luisiana.

Pero eso no es cierto.

Jayne era una buena rubia.

La cabeza la había perdido hacía rato.




Arte: Jayne Mansfield: Head, Joey Dammit


miércoles, 19 de julio de 2017

EL AUTO DE JAMES DEAN



EL AUTO DE JAMES DEAN


No se puede confiar en un animal así.

Un animal arisco

que vomita hierros rojos

en los bordes de la tarde.

Un animal así no va a detenerse:

huele viento y redobla

su apuesta de campanas  infecciosas,

huele asfalto

y te rompe el cuello

crac

como a una ramita seca.



No se puede confiar en un animal así.

Un animal daltónico

que confunde huesos con panes

y te mastica y remastica,

 chicle rosado y barato,

y te escupe

cuando se te gasta la primavera en las venas.



Dios se lava las manos con un jaboncito de hotel,

aprieta los botones de un joystick,

hace cualquier cosa estúpida mientras el animal corre,

rebuzna sangre,

te lo dije,

no se puede confiar en un animal así,



En algún lugar una mujer

carga en sus bolsillos

un puñado de aspirinas rancias.

Sus zapatillas blancas son gatos 

que ronronean satisfechos.

Junta orina con una chucharita

y ni siquiera mira tu hermosa cara

porque sabe

que todos los cadáveres son iguales.

Quizás esta noche vaya el cine

y la película ablande

su duro caparazón de jeringas.

Y llore un poco,

un poco, nada más,

como para saber que está viva.



No se puede confiar en un animal así.

Un animal así va a morderte.

Siempre.



Estoy hablando de la muerte,

por supuesto.




Arte: "James Dean - Young Rebel", Kurt Ringler


lunes, 17 de julio de 2017

DINOSAURIOS



DINOSAURIOS


Buscando algo

-no sé qué-

encontré un papelito que decía:

“No borres mi nombre de tu historia.”

Me sentí la reina de Jurassic Park.

Además de miope,

desmemoriada.

Crují como una muñeca de madera

que se está acomodando

a una nueva versión de la soledad:

versos tachados, algún cablecito en mi cabeza

que no hace contacto

(dinosaurios).


“No borres mi nombre de tu historia.”

¿Quién sos?

¿Cuál es tu nombre?

¿Cuál es mi historia?

¿Nos besamos bajo la lluvia,

en el baño de la escuela,

en la trastienda del supermercado

entre cajones de Coca Cola

y latas de galletitas apiladas?

(¿Te acordás de las latas de galletitas?

Dinosaurios cuadrados de tripas dulces.

Extintas.

Como vos.

Como cualquier cosa que seas vos

además de este papelito).



¿Nos besamos en el Cementerio de la Recoleta

con los pies enredados en un nudo de gatos

y la muerte ahí

tan ordenadita, tan turística?

¿En el parque, ese 20 de enero,

dos semanas antes de que vomitara tu nombre

y un puñado de mariposas muertas?

(A los quince años vivía en Macondo,

vomitaba  mariposas,

vivas, muertas,

pero nadie podía, jamás,

sembrarme  luz en el jardín del cuerpo:

una cerca viva

de mamás, tías y abuelas

mantenían a raya las tijeras del lobo.

Yo flotaba envuelta en tules rojos

y ellas pensaban en dinosaurios).



Por ahí nos besamos en la playa.

En la obra en construcción que había ala vuelta de mi casa.

En el cine.

En el reservado de ese boliche de Quilmes.

En un tren (también besé chicos en los trenes

antes de pegarme esta fobia a los transportes públicos).

Por ahí ni siquiera nos besamos:

yo fui la musa del papelito

y vos ese pesado.

(dinosaurios).



Dinosaurios.

Las galletitas en lata, vos,

Brandon, Dylan, vos,

New Kids On The Block, vos,

Madonna como una virgen, 

el Auto Fantástico.

Dinosaurios todos los que me besaron

bajo la lluvia, en la escuela,

en los cementerios, en los supermercados,

en los trenes, en los parques,

en la playa, en las obras en construcción,

en los boliches, en los cines.

Dinosaurios.

Dinosaurio yo con este papelito en la mano.

Carnotauro sin dientes.

Triceratops en crisis. 



“No borres mi nombre de tu historia.”



Perdoname, corazón,

tendrías que haber firmado el papelito.